Tres semanas en Nueva York (VIII)

Nos acercamos al ecuador del viaje en una semana un poco inestable. Hemos querido abarcar tanto de golpe que ahora estamos agotados y nos lo tenemos que empezar a tomar con calma. Y mira que nos habían avisado.

Decidimos hacer nuestro segundo intento con el Museo de Historia Natural. Por fin conseguimos entrar a uno de los museos que más nos apetecía ver. La entrada no tiene un precio fijo sino que das un donativo que a tí te parezca bien. Ojo, el museo te dice que la entrada cuesta alrededor de unos 12 dólares, creo recordar, pero es para que piques y caigas en la trampa. Entre 1 y 5 dólares ya está bien como donativo.

El museo es enorme, como casi todos, así que si quieres verlo con calma debes dedicarle unas horitas a pasear. Tiene un montón de salas dedicadas a distintas culturas y rincones del planeta, pero sin duda lo que todo el mundo quiere ver son los animales y los dinosaurios.

 

 

¿No son impactantes? Parece que en cualquier momento van a empezar a moverse por sus escaparates. También cabe destacar el trabajo de ambientación que logra que pequeños espacios como estos expositores parezcan infinitos gracias a esos fondos tan maravillosos.

Teníamos prisa, nos cerraban el museo. Algunas salas las vimos corriendo, buscando la sala que todos queríamos ver.

 

Impresionantes los restos de dinosaurios. Aunque muchos de sus huesos están reconstruidos o son artificiales (obviamente, tiene que ser complicado encontrar cada pieza de estos monstruos), no deja de impactar su tamaño y pensar cómo era el mundo cuando ellos campaban a sus anchas.

Después de salir corriendo del museo porque avisaban que era la hora de cerrar, nos acercamos a un Dunkin Donuts a comprar la merienda y desayuno del día siguiente. Menudo vicio más barato.

Ducha relajante, un poco de esparcimiento y una cena rápida. ¿Después? Noche de paseo por Times Square para hacer algunas fotos y seguir flipando con tantas luces mirándote al mismo tiempo.

 

 

Esto es lo que ves cuando te sientas en las escaleras rojas de TKTS una noche cualquiera en Times Square. Miles de carteles luminosos intentando buscar tu atención, hipnotizándote para que no dejes de mirar sus marcas y productos. Quizá sea el mejor ejemplo de consumismo pero es tan impresionante que hasta que no estás allí y lo ves con tus propios ojos, no terminas de entenderlo.

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